Comunidades energéticas y soberanía: Encender la luz, apagar la dependencia

Inflación y dependencia. Rusia y Argelia. Paradas en la industria y empobrecimiento energético. Vaciado de embalses, lavadoras por la madrugada o la calefacción como lujo. Estos y otros sobresaltos acaban por salpicar cualquier conversación que gire sobre la luz, la electricidad o la energía. Nos encontramos frente a un conjunto de circunstancias que generan una crisis energética inédita que empuja a la ciudadanía hacia una situación de extrema vulnerabilidad. A excepción de la crisis del petróleo de 1973, nunca antes una convulsión de esta naturaleza tuvo una reacción tan directa, tan inmediata y tan honda en la calidad de vida de la gente.

Pese a todo, esta comparanza solo sirve para subrayar lo excepcional del momento, ya que las diferencias entre un momento histórico y el otro son tantas y tan variadas que imposibilitan el reflejo en el espejo. Pero de entre todas ellas, hay que destacar dos para abordar el asunto que trataremos en detalle en las próximas líneas:

  • En primer lugar, a nivel global estamos inmersos en un inaplazable proceso de transición ecológica con el objetivo de lograr la descarbonización. Hoy por hoy, la energía provoca el 60% de las emisiones de efecto invernadero globales. Como respuesta, la Agenda 2030 impulsada por Naciones Unidas, marca como meta irrenunciable para esta década el incremento contundente en la proporción de las renovables en el conjunto de fuentes energéticas.

  • Los avances tecnológicos actuales en los ámbitos de las renovables suscitan una posibilidad que, hasta hace pocos años, resultaba imposible de vislumbrar: el autoconsumo. Las posibilidades para un autoabastecimiento a través de energías verdes abre un campo también inédito y a una escala de proximidad hasta ahora inimaginable: el propio hogar, la propia empresa.

Por lo tanto, hay alternativas. Pero no solo en la producción energética, sino también en la forma de relacionarse en el seno del mercado energético. Los rígidos límites que determinaban qué era un consumidor, qué una productora, qué una distribuidora o qué una comercializadora ya no son tan claros. Ni tan inequívocos. Ni todos son eslabones imprescindibles en la cadena para poder encender la luz de nuestro hogar. En este artículo de Enova, nos centraremos en dos posibilidades poco exploradas en Galicia formuladas por y para la colectividad: las comunidades energéticas renovables y el autoconsumo colectivo en remoto.

  1. Comunidades energéticas. Es un colectivo conformado por ciudadanos, por empresas o por instituciones de proximidad que se juntan bajo al amparo de una entidad jurídica con el objetivo de generar, usar y distribuir su propia energía. Los objetivos finales de estas entidades (ya sean cooperativas, asociaciones, asociaciones empresariales o comunidades de bienes) son, principalmente, conseguir una determinada independencia energética, la cogobernanza sobre los recursos energéticos, el ahorro en las facturas individuales y una mayor resistencia frente a fuertes convulsiones del mercado como las que estamos viviendo desde el pasado verano.

Las comunidades energéticas, además, cuentan con otra serie de ventajas que no debemos pasar por alto. En primer lugar, el reparto comunal de los gastos de instalación de los medios de producción de energía así como su mantenimiento, intercambio de electricidad entre consumidores y la posibilidad de actuar como consumidor-productor en el mercado energético. Es decir, la comunidad energética recibirá compensaciones de la red energética en los momentos en que sean precisas y podrán vender sus excedentes. Por último, las comunidades energéticas pueden recibir importantes subvenciones tanto para su constitución como para la instalación de plantas de producción eléctrica.

Porque pese a lo novedoso que le pode sonar a algunos oídos esta alternativa, la realidad es que ya está delimitada desde 2018 por la Comisión Europea y el Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico trabaja para dotarlas de un marco jurídico estable. Aún así, el Gobierno central ya reguló a través del Real Decreto Ley 23/2020 dos modelos diferentes: Comunidades de Energías Renovables y las Comunidades Ciudadanas de Energía.

La primera de las categorías es la que está más definida en la actualidad y otorga el derecho inequívoco a los consumidores a emprender o a participar en proyectos renovables a través de los cuales pueden producir, consumir, almacenar y vender energías renovables, así como compartir su producción en el seno de su comunidad. De este modo, un colectivo constituido libre y letimamente puede instalar, por ejemplo, paneles fotovoltaicos en los tejados de sus viviendas y en las cubiertas de sus naves industriales e intercambiar la energía, logrando una independencia del sistema tradicional de grandes eléctricas que hasta hace unos años resultaba completamente inalcanzable. Sobre todo, si tenemos en cuenta que en el ámbito residencial, el 70% de la población del estado español vive en propiedades horizontales y, por lo tanto, carecen de una cubierta o de un tajado en titularidad. Esas superficies son bienes inmuebles colectivos y solo la colectividad puede disponer de ellos para la instalación de paneles.

  1. Autoconsumo colectivo remoto

En este punto, nos centraremos con menor detenimiento en colectivos energéticos que carecen de una instalación propia para la producción directa. Esta es una alternativa colectivizada para aquellas entidades de reducido tamaño que, o bien no pueden asumir los costes de una instalación propia o bien carecen del espacio necesario para la colocación, por ejemplo, de placas fotovoltaicas o de sistemas eólicos.

En este caso, la comunidad (ya sea de propietarios residenciales, ya sea de empresas o ya sea un híbrido de un determinado entorno común) actúa como un agente único que puede comprar los derechos de producción de una determinada instalación (una serie de placas fotovoltaicas, por ejemplo) situada, pongamos por caso, en otra provincia. La entidad colectiva que contrata en remoto recibirá la misma cantidad de energía producida por sus paneles procedente de otras fuentes verdes análogas en su proximidad. Cualquiera compensación que reciba de la rede general en momentos de carencia, también será de energías verdes análogas. Además, los excedentes de los paneles contratados en remoto serán vendidos a la red general, de modo que el agente colectivo basculará como consumidor-productor.

En este sentido, hay destacar el modelo PPA (Power Purchase Agreement). Se trata de un acuerdo a través de un contrato de compraventa de energía a largo plazo entre un generador renovable y un consumidor. Enova Enerxía realiza el inversión y facturar al cliente por la energía consumida da planta a un precio por bajo del de comercialización de la electricidad. Es una relación directa en la que se marcan unos precios de estabilidad para largos períodos. Se registra un aforro desde el momento inicial y vencido el plazo del PPA, el consumidor pude adquirir la planta creada por parte del generador a raíz del acuerdo.

Estos modelos serán vías cada vez más frecuentes en el futuro para ámbitos empresariales, residenciales e incluso híbridos. En Enova estamos apostando por el modelo de comunidades energéticas y puedes informarte con nosotros de todas las dudas que tengas. Encontrarás todas las respuestas.